Trabajo.
La palabra trabajo viene del latín tripaliare.
Tripaliare viene de tripalium (tres palos). Tripalium era un yugo hecho con tres (tri) palos (palium) en los cuales amarraban a los esclavos para azotarlos. La
relación de “trabajo” con tripallium
no es de “pegar” sino de “sufrir”. Se aplicaba a cualquier actividad que
producía dolor en el cuerpo. Cuando se inventó esta palabra la mayoría de la
población trabajaba en el campo haciendo esfuerzo físico, lo cual los hacía
sentir como si hubieran sido apaleados.
En otra lengua madre de Europa, el esukera, significa aficionado al dolor y
al cansancio. En esta misma lengua, la
palabra trabajo en uso general es -ian-
faena u obra, no castigo y conlleva un fuerte contenido de producción y
celebración de sus frutos.
El trabajo, tal como hoy lo conocemos, no es un hecho natural; tanto su
contenido como el papel que ha jugado en las vidas de los seres humanos no ha
sido siempre el mismo, sino que se ha modificado a lo largo de la historia. A
partir de esta visión podemos evaluar mejor las pérdidas o los progresos que ha
experimentado la actividad del trabajo.
En el mundo antiguo y en las comunidades primitivas no existe un
término como el de trabajo
con el que hoy englobamos actividades muy diversas, asalariadas y no
asalariadas, penosas y satisfactorias, necesarias para ganarse la vida o para
cubrir las propias necesidades.
En el mundo griego se juzgaba que la cualificación y la distinción
entre actividades era algo esencial. Además distinguían entre actividades
libres y serviles y rechazaba estas últimas porque "inutilizaban al
cuerpo, al alma y a la inteligencia para el uso o la práctica de las aptitudes
interiores"; comparaba el trabajo "que se hace para otros" al
del esclavo y criticaba con energía la actividad metodológica de hacerse rico
que "pone todas las facultades –físicas e interiores- al servicio de
producir dinero".
Consideraban que la finalidad de la actividad tenía extrema
importancia, pero dicho fin
no se podía restringir a la utilidad de las actividades. Los griegos entendían
que las actividades son útiles (leer y escribir, por ejemplo, era útil para la
administración de la casa; el dibujo para evaluar el trabajo de los artesanos),
pero las actividades, a su entender, no debían perseguir siempre la utilidad.
Era también preciso preguntarse, en que modo determinadas actividades
contribuyen a la formación del carácter y del alma.
En aquellos tiempos el ocio era mucho más valorado que en la
actualidad y más apreciado que cualquier tipo de trabajo. Pensadores y
filósofos llamaban a reflexionar sobre la manera de ocupar este tiempo de no
trabajo (no nada más irme a pasear o cuando llega la fecha de asueto, correr a
vacacionar). "Los griegos pensaban que ambos (trabajo
correcto y ocio) son necesarios, pero el ocio es
preferible tanto al trabajo como a su fin, hemos de investigar a qué debemos
dedicar nuestro ocio… y también deben aprenderse y formar parte de la educación
ciertas cosas con vistas a un ocio en la diversión…"
En Grecia se estableció una diferencia radical entre dos esferas de
actividad: la relacionada con el mundo común,
y la relativa a la conservación de la vida.
La política –no concebida como una profesión de especialistas, como se
hace actualmente- era la actividad paradigmática en ese primer mundo, al que
tenían acceso todos los ciudadanos libres. La relación entre estos dos mundos
podemos representarla, mediante la lógica entre la libertad y la necesidad. Las actividades del mundo de lo común o de la polis
constituirían el ámbito de la libertad, mientras
que las tareas dirigidas a la conservación de la vida, que contribuían al
desarrollo de la comunidad familiar, conformaban el ámbito de la necesidad. Era
preciso que un determinado sector de la sociedad ejerciera estas últimas
funciones –predominantemente los esclavos- para que otros sector, el de los
hombres libres, pudiera dedicarse a las actividades realmente estimadas.
En la época medieval el trabajo en general no ganó mayor aprecio. Desde
la perspectiva cristiana hay una inclinación a justificar el trabajo, pero no a verlo como
algo valioso. Los pensadores cristianos hacían referencia al principio paulino
"quien no trabaja no debe comer…", pero entendían que el trabajo era
un castigo o, cuando menos un deber. Se justificaba el trabajo por la maldición
bíblica y por la necesidad de evitar estar ocioso.
Como vemos el ocio comienza a adquirir otra connotación algo distinta a la del
mundo antiguo. Sin embargo, la vida monástica dedicada a la contemplación se valora
mejor que el trabajo. Para legitimar esta excepción al principio paulino,
filósofos cristianos argumentan que el trabajo es un deber que incumbe a la especie humana, pero no
a cada hombre
en particular.
Por otra parte, al trabajo no se le atribuye, a diferencia de lo que
ocurre en la actualidad, un papel trascendente en la sociabilidad. Tanto en
el mundo antiguo como en la Edad Media se ve al ser humano como un ser sociable
por naturaleza.
No hay que inventar razones para justificar la agrupación de los individuos en
sociedad, como se hará más tarde a través de los modelos contractualitas. Las
personas, según esa perspectiva, solo pueden realizarse o completarse como tales,
viviendo en sociedad; al margen de ella, llegó a decir Aristóteles, el hombre
"o es una bestia, o es un Dios". El fin de los griegos, es un fin
compartido que no puede alcanzarse aisladamente. El trabajo no es el fundamento
de la asociación humana. Para los griegos, la actividad asociativa por
excelencia era la actividad política.
Con el pensamiento moderno nace una concepción muy diferente del
trabajo. En primer lugar, aparece como una actividad abstracta, indiferenciada.
No hay actividades libres
y serviles, todo es trabajo
y como tal se hace acreedor de la misma valoración, como luego veremos, muy
positiva, incluso apologética. Encontramos dos explicaciones, ambas
convincentes, de esta transformación de la actividad diferenciada en trabajo neutro. 1.- desde
el materialismo, la mudanza tiene lugar cuando se produce predominantemente
para el mercado y el trabajo se convierte en valor de cambio. 2.- desde la
perspectiva luterana del trabajo, se juzgaba que todas las profesiones merecían
la misma consideración, independientemente de su modalidad y de sus efectos
sociales. Lo decisivo para cada persona era el cumplimiento de sus propios
deberes. Esto se ajustaba a la voluntad de Dios y era la manera de agradarle.
La visión del trabajo como actividad fundamentalmente homogénea, no diferenciada,
tenía también consecuencias prácticas: enmascaraba la diferencia entre trabajo
penoso y satisfactorio, y entre el trabajo manual y el trabajo intelectual;
justificaba la desigualdad como necesidad técnica debida a la división del
trabajo; y por último, encubría el hecho de que el trabajo es un elemento
discriminador por excelencia debido al diverso estatus de vida que proporciona
según el lugar que ocupan los individuos en la producción.
Sin embargo, esta concepción del trabajo ha venido coexistiendo con
una cierta jerarquización (al margen de su consideración moral) basada en
criterios económicos, justificados en buena medida por los teóricos de la
ciencia económica. Desde esta perspectiva, los niveles más altos de la escala
correspondían al trabajo productor de plusvalía, denominado trabajo productivo;
al que se intercambiaba por dinero a través del comercio o del salario (frente
al trabajo que no reunía estos requisitos como es el trabajo doméstico) y al
trabajo identificado con la creación de productos artificiales. Como correlato,
se despreciaba el trabajo dedicado a las necesidades vitales y el trabajo que
no dejaba huella, monumento o prueba para ser recordado. El trabajo dedicado a
las labores naturales como la reproducción o el cuidado carecía de valor.
En segundo lugar el pensamiento moderno mitificó la idea del trabajo.
La literatura de los grandes pensadores de la época contribuyó a esta mutación
proporcionando argumentos en favor de su fundamentación. Para John Locke el
trabajo era la fuente de propiedad. Según él, Dios ofreció el mundo a los seres
humanos y cada hombre era libre de apropiarse de aquello que fuera capaz de
transformar con sus manos. Para Adam Smith el trabajo era la fuente de toda riqueza.
Las teorías del valor de Adam Smith y de David Ricardo tenían su base en la
idea de que el trabajo incorporado al producto constituía la fuente de propiedad
y de valor.
Una nueva perspectiva teológica del trabajo favoreció también su
mitificación. Comenzó a ser visto no como un castigo divino o simplemente como
un deber, sino como el mejor medio de realización humana. El trabajo adquirió
nuevos significados: a) un
sentido cósmico, según el cual el ser humano completaba la obra que
Dios le entregó para que la embelleciera y la perfeccionara; b) un sentido personal, por
ser el mejor medio para que el individuo, que nace débil y necesitado,
encontrara su perfección; c) un
sentido social, en la medida en que el trabajo era el factor
decisivo en la "creación de sociedad" y la impulsión del progreso. La
ética puritana, en particular, completaba esta idea trascendente del trabajo al
considerarlo como un "fin en sí mismo" (lejos de la concepción de
Tomas de Aquino que lo entendía como un medio para la conservación personal y
social) y como el elemento que da sentido
a la vida.
La exaltación del trabajo en el momento del desarrollo industrial era
compartida por muchos sectores sociales. A finales del siglo XIX Paul Lafargue,
si bien culpaba a la moral burguesa y cristiana de haber inculcado a la
sociedad el "amor al trabajo", reconocía en las clases trabajadoras
una "pasión amorosa" por el mismo:
Una pasión invade a las clases obreras de los países en que reina la
civilización capitalista; una pasión que en la sociedad moderna tiene por
consecuencia las miserias individuales y sociales que desde hace dos siglos
torturan a la triste Humanidad. Esa pasión es el amor al trabajo, el furibundo
frenesí del trabajo, llevado hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del
individuo y de su progenitura. En vez de reaccionar contra esa aberración
mental, los curas, los economistas y los moralistas han sacro-santificado el
trabajo. Hombres ciegos y de limitada inteligencia han querido ser más sabios
que su Dios; seres débiles y detestables, han pretendido rehabilitar lo que su
Dios ha maldecido.
Lafargue pertenece a la tradición socialista pero ésta no mantiene ni
mucho menos una posición unánime en la crítica del trabajo. Saint-Simon, por
ejemplo, proponía sustituir el principio evangélico de "el hombre debe
trabajar" por "el hombre más dichoso es el que trabaja" y
afirmaba que "la
humanidad gozaría de toda la dicha a la que puede aspirar si no hubiera ociosos".
El reformador social Etienne Cabet se disponía a acabar en su Icaria con la
pereza e imponer la obligatoriedad del trabajo. El Manifiesto del primer
congreso de la Asociación Internacional del Trabajo (AIT) exaltaba el
"trabajo grande y noble, fuente de toda riqueza y de toda moralidad".
En el propio Karl Marx la consideración sobre el trabajo tampoco
presenta unos perfiles muy nítidos. Mantuvo una visión positiva del mismo en
cuanto que actividad
potencial (fuente de toda productividad y expresión de la misma
humanidad del hombre) no como existía en la realidad. Criticó el trabajo en la
sociedad capitalista como actividad enajenada ("el trabajador se relaciona
con el producto de su trabajo como un objeto extraño") y señaló los
efectos perniciosos de la división del trabajo en la Ideología alemana.
Consideró que la supresión del trabajo debía ser uno de los objetivos
fundamentales del comunismo. De hecho, en la Crítica al Programa del Partido
Obrero Alemán, refiriéndose a la fase superior de la sociedad comunista, señaló
que "la subordinación
esclavizadora de los individuos a la división del trabajo habrá desaparecido y,
como consecuencia, la oposición entre el trabajo manual y el trabajo intelectual".
Sin embargo, para Marx, el desarrollo de la productividad (ligada a la
división del trabajo) era una precondición para la sociedad comunista y, al
mismo tiempo, muchos de los males de la sociedad capitalista guardaban relación
con la división del trabajo. Esta suerte de paradojas en las que el
establecimiento a través de un proceso penoso de unas determinadas condiciones
posibilitaba la liberación
o emancipación a más largo plazo jugó un papel decisivo en la
tradición socialista a la hora de justificar el presente (y más todavía cuando este
presente estaba gobernado por la clase
trabajadora, como ocurría en los llamados países socialistas). Así,
los efectos nocivos y embrutecedores de los procesos que promovían un aumento
de productividad eran subestimados o embellecidos porque acercaban objetivamente las
condiciones de posibilidad del comunismo.
El enaltecimiento del trabajo llevó consigo el menosprecio por otro
tipo de actividades y una nueva concepción del tiempo. Se juzgaba que el tiempo era
valioso desde el momento en el que estaba dedicado a la producción y al
trabajo. Ocuparlo con otras actividades era perder el tiempo, "estar
ocioso". Desde las primeras décadas del desarrollo industrial dedicar
tiempo al ocio fue sinónimo de degradación. Las palabras de Benjamin Franklin
"el tiempo es oro" ilustran el espíritu de la época al respecto.
Cuando Franklin hace referencia al trabajo
dentro del catálogo de virtudes, anota lo siguiente: "Trabajo: no perder
el tiempo; estar siempre ocupado en hacer alguna cosa provechosa; evitar las acciones
innecesarias".
E.P. Thompson en su obra Costumbres
en común relata como se pasa de la modalidad del trabajo en la que
las tareas determinan los ritmos y la dedicación al trabajo regulado por el
tiempo. La primera modalidad reúne dos características: a) es más comprensible
desde un punto de vista humano;
b) establece una distinción menor entre el trabajo y la vida. Las relaciones
sociales y el trabajo están entremezcladas -la jornada de trabajo se alarga o
contrae de acuerdo con las labores necesarias- y no hay conflicto entre el
trabajo y el "pasar el tiempo".
En la segunda modalidad los empresarios calculan sus expectativas
sobre el trabajo contratado en "jornadas (por ejemplo, cuánto cereal podía
segar un hombre en una jornada). El patrón dispone del tiempo de su mano de
obra y debe evitar que se malgaste. No es el quehacer
el que domina sino el valor del tiempo al ser reducido a dinero. El tiempo se
convirtió así en moneda: no pasaba
sino que se gastaba.
No es de extrañar que esta nueva evaluación del tiempo llevara progresivamente a una
reducción del número de fiestas del calendario.
El trabajo se convirtió, por otra parte, en el lugar privilegiado de
creación de solidaridad de las clases trabajadoras, pero al mismo tiempo otros
factores de sociabilidad fueron desestimados (los lazos comunitarios, las
identidades colectivas no basadas en el trabajo, etc.). El pensamiento moderno
inventó al individuo
y a partir de esta creación se vio en la necesidad de explicar la construcción
de la sociedad. Lo hizo mediante los modelos contractualistas de Locke, de
Hobbes o de Rouseau, pero también a través del artificio smithiano conforme al
cual la división del trabajo y el comercio juegan un papel fundamental en la
formación y estructuración de la sociedad.
Los rasgos del trabajo hasta aquí descritos están de alguna manera
presentes en nuestras actuales concepciones. Algunos de ellos, como la noción
del ocio, han sufrido recientemente modificaciones pero no tanto como para
alterar la idea de la superioridad del tiempo entregado al trabajo sobre el
dedicado a otro tipo de actividades. La constatación de esta realidad llevó al
historiador E.P. Thompson a la siguiente reflexión: "Si conservamos una valoración
puritana del tiempo, una valoración de mercancía, entonces (el ocio) se
convertirá en un problema consistente en cómo hacer de él un tiempo útil o cómo
explotarlo para las industrias del ocio. Pero si la idea de finalidad en el uso
del tiempo se hace menos compulsiva, los hombres tendrán que reaprender algunas
de las artes de vivir perdidas con la revolución industrial".
La era moderna incorporó a la consideración del trabajo aspectos muy
pocos positivos, sin embargo en el curso de la misma el trabajo alcanzó una
trascendencia en la conformación de la sociedad como nunca tuvo en épocas
anteriores. La crisis económica actual, sin embargo, exige la puesta en
cuestión de una buena parte de las ideas heredadas sobre el trabajo, aunque
ello no resulta nada fácil. La pensadora alemana Hanna Arendt, anticipándose en
algunas décadas a la situación actual de desempleo expresaba así su
escepticismo: "La
Edad Moderna trajo consigo la glorificación teórica del trabajo, cuya
consecuencia ha sido la transformación de toda la sociedad en una sociedad de
trabajo. Por lo tanto, la realización del deseo, al igual que sucede en los
cuentos de hadas, llega un momento en que sólo puede ser contraproducente,
puesto que se trata de una sociedad de trabajadores que está a punto de ser
liberada de las trabas del trabajo y dicha sociedad desconoce esas otras
actividades más elevadas y significativas por cuya causa merecería ganarse la
libertad".
Antes de pretender cualquier cambio que afecte nuestras vidas, debemos
conceptualizar la solución a nuestro estado actual poco deseado. Así el trabajo
debe ser mi ejercicio y mi ejercicio mi trabajo. El trabajo productivo o no,
debe estar adecuado a los principios de vida y no generar esclavitud,
dependencia o enfermedad. El trabajo productivo o no, por lo tanto, debe ser
generador de aptitudes internas y externas, que materialicen la libertad, la
inteligencia y la trascendencia de las personas.
Saludos y hasta siempre...
Yolokayotl nouikpa. J.Z.
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